15_Tan cerca y tan lejos

El 7 septiembre de 1996 quedaron hermanados Boadilla de Rioseco y Santiago de las Misiones en Paraguay. Ese mismo día inauguramos dos calles. La del río Paraguay en Boadilla y la del Ríosequillo en Santiago. Hoy precisamente, hace 20 años de aquello.

 

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Dos décadas. Hoy precisamente hace veinte años que hermanamos a Boadilla de Rioseco y a Santiago. Dos pueblos que hasta entonces no se conocian pero que a partir de ese momento sabian de su existencia. Los nombres de sus dos ríos quedarían inmortalizados en dos calles. En las dos imagenes, el acto de inauguración de ambas calles. Boadilla-Santiago, 7 septiembre 1996

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En las dos orillas. A la entrada de Boadilla tenemos un vistoso mural titulado “Galgos y palomares en Tierra de Campos”. Está dando la bienvenida a todos los que circulan por la carretera que va a Villalón. Les estamos invitando a que hagan un alto en el camino para ver un proyecto muy original, el de rescatarnos del olvido a través del arte. A la entrada de la Casa de la Cultura de Santiago, colocamos en su día una gran reproducción del mural de los galgos. Estaba dando la bienvenida a todos los santiagueños que se acercanban a visitar la exposición, Arte contra el olvido. Dos pueblos, uno en cada orilla.

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Río sin peces y laguna ¿con yacarés?  El escaso caudal del río en Boadilla, donde hace lustros que no hay peces y la laguna de San Isidro en Santiago donde dicen algunos que hay algún yacaré. No se si lo dirán para asustar a los más pequeños y que no se bañen en sus estancadas aguas.

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Lugares de peregrinación. Al fondo entre los árboles, la ermita de Nuestra señora del Amparo en Boadilla. El camino de tierra colorada encharcado, llega hasta el monasterio de Tüpasy Maria, en Santiago.

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Sin niños y con cientos de ellos. Los niños, sean de donde sean, son practicamente iguales. Todos tienen los mismos miedos, las mismas preocupaciones, las mismas ilusiones y casi idénticas inquietudes.

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La hora más bonita. Atardecer en Tierra de Campos, la comarca donde está situado Boadilla. Amanecer en la plaza de un pueblo en Misiones, el departamento donde está Santiago.

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Tormentas de quita y pon. Sobre el cielo de Boadilla (foto superior) hay unas nubes que están descargando un poco de agua. Las tormentas son pasajeras y suelen originarse con el calor del verano, casi siempre al atardecer. En Santiago (foto inferior) pueden pasarse los días y sus noches enteras lloviendo a mares. No hay manera de que la tierra adsorba todo el caudal que cae. A unos les gustaría quitarse tanta agua de encima, a los otros no les importaría ponerse, cada tarde, unas pocas nubes para refrescarse con tan preciado elemento.

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Tierras para ganarse la vida. En Boadilla el campo es de secano, cereales y algo de alfalfa y girasol. Falta agua y las parcelas son muy pequeñas. En Santiago arroz y ganado vacuno. Cientos de héctareas de terreno y mucho agua.

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Última parada. Al final del camino, tarde o temprano, todos terminamos en el mismo punto, bajo tierra. También existe la posibilidad de ser incinerado. Arriba el cementerio de Boadilla, pequeño, sobrio y con mucho mármol. Abajo el de Santiago, enorme, humilde y muy colorista

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Cómo hemos cambiado. Sobre todo en la manera de comunicarnos. Hasta la aparición de los satélites y de la fibra óptica, las comunicaciones llegaban, y no a todos los rincones, por medio de kilómetros de cables de cobre sujetos por vetustos troncos de árboles. En Boadilla eran postes rectos y famélicos. Hace tiempo que se sustituyeron por sólidas columnas de hormigón. En Santiago en cambio, los árboles que utilizaban para estos menesteres, son de buen porte, orondos y algo torcidos.

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Paisajes diferentes. Paisajes diametralmente opuestos. En Boadilla hay algún árbol salpicado en el paisaje. En Santiago el paisaje está salpicado de miles de árboles.

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Templo vacio, templo pequeño. Arriba una de las dos iglesias que quedan en Boadilla, la de Santa María (S. XVII). Un templo enorme que ahora no se llena nunca. La mayoría del año solo los cuatro primeros bancos de la nave se llegan a ocupar. Hace muchos años que no hay sacerdote en el pueblo. En la imagen de abajo, la iglesia de Santiago se construyó cuando la anterior, que era casi toda de adobe, se derrumbó en el año 1907. Es un coqueto templo que se queda pequeño cada domingo.

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Ovinos y bovinos. Hace años, la ganadería ovina fue una actividad económica que originaba buenos jornales a las familias que poseían rebaños de estos dóciles animales. Los rebaños menguantes y las largas jornadas de trabajo de los pastores, hacen que éstos estén desapareciendo. En Boadilla cada día se ve menos esa estampa tan común en su paisaje. Hasta hace una docena de años, grandes rebaños yendo y viniendo a pastar al campo. En Santiago, en cambio, son muy pocas las ovejas que se ven. Alguna familia las cría en sus patios para consumir su carne. Allí es más común ver en su basto territorio, miles de cabezas de ganado vacuno. Para ellos es bueno cualquier motivo para reunirse y festejar con un buen asado a la estaca.

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Jugando con la luz. Reflejo en la fuente del Amparo en Boadilla, donde nunca falta el agua. Abajo mi silueta en el agua caida tras una noche de tormenta. En Misiones, sobra .

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Arte en ambos lados. El arte es uno de los principales cordónes umbilicales estre los dos pueblos. Arriba, mural de la Memoria Compartida en Boadilla. Imagen de abajo, Galería de retratos de la Memoria Compartida en la casa de la Cultura de Santiago

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Luces y sombras. En que lugar, por muy bonito que sea, donde convive gente tan dispar no hay sus más y sus menos. En Boadilla son “cuatro gatos”, hay diferencias entre unas familias y otras. Seguro que en pasa lo mismo que en Santiago. Aunque allí en mayor escala, porque son más de siete mil habitantes.

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Tierra y asfalto. Dos pueblos, dos continentes y un océano inmenso de por medio. La tierra seca del cauce del río en Boadilla  y la delgada capa de asfalto que deja ver el anterior empedrado en Santiago.

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Pastores y ganaderos. Pocos rebaños salen a pastar por los 51 km2 de campos de Boadilla. En Santiago, hay miles de cabezas de ganado vacuno que pastan en los más de 740 km2 de terreno que tiene el pueblo.

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Caminos, cortos y solitarios, largos y transitados. El de la foto superior es corto, apenas tiene un kilómetro. En primavera se cubre de blanco por el polén de los árboles. Por allí solo transita algún pastor con su rebaño, algún feligrés camino de la ermita o labradores en sus imponentes tractores de paso a alguna tierra. El de abajo, por el contrario, es largo y muy transitado. Madres a pie con algún hijo a cuestas. Niños en grupo encantados de andar descalzos. Un destartalado autobús con una docena de pasajeros entre jaulas de gallinas y algún chancho. Una familia al completo en una carreta tirada por bueyes camino de la chacra. El maestro de escuela en bicicleta, el alumno con su mochila a la espalda sin ninguna prisa por llegar a la hora. El vendedor ambulante de cestas de mimbre subido a lomos de un caballo que está pidiendo a gritos que lo jubilen… Los caminos son un fiel reflejo de la vida que les rodea.

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La importancia de la familia. En la imagen de arriba, Mercedes Hernández  y Albino Casares. En la de abajo Nenito Bolla, con wampa y su hijo Gotardo. La familia siempre será la mejor escuela donde aprender las cosas más importantes de la vida. 

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Jornales menguantes y jornadas extenuantes. Hace años, la ganadería ovina fue una actividad económica que originaba buenos jornales a las familias que poseían rebaños de estos dóciles animales. Los rebaños menguantes y las largas jornadas de trabajo de los pastores, hacen que éstos estén desapareciendo. En Boadilla cada día se ve menos esa estampa tan común en su paisaje. Hasta hace una docena de años, grandes rebaños yendo y viniendo a pastar al campo. En Santiago, en cambio, son muy pocas las ovejas que se ven. Alguna familia las cría en sus patios para consumir su carne. Allí es más común ver en su basto territorio, miles de cabezas de ganado vacuno. Para ellos es bueno cualquier motivo para reunirse y festejar con un buen asado a la estaca.

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Diferentes materiales. Casas construidas con bloques de adobe, tierra y tallos de cereal en Boadilla. Pintorescas y caprichosas paredes, producto de la alta humedad en Santiago

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Distintos trajes. Hay una tierra que se fue desnudando a lo largo de los siglos, a base de ir talando su masa forestal para hacer vigas con el que contruir casas, para levantar grandes iglesias, sus techos sus artisticos artesonados y retablos. Tambien era necesaria la madera para utilizar como casi único combustible que tenía a mano. La necesidad de tan preciada materia prima y la falta de un clima propenso, ha hecho que el paisaje de Boadilla de Rioseco se haya quedado sin el frondoso vestido que llegó a tener hace siglos. Por el contrario, en el corazón de América del sur donde está el departamento de Misiones, el clima calido y las constantes lluvias que caen durante todo el año, permite al precioso pueblo de Santiago contar con un bonito y exuberante vestido que disfrutan sus habitantes durante todo el año.  Boadilla / Santiago 1996-2016

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Los problemas de los jóvenes. En Boadilla los jóvenes hace tiempo que emigraron del pueblo. Ahora solo aparecen en temporada de vacaciones, en verano. En Santiago, una vez que salen para ir a la universidad, es dificil que vuelvan para seguir viviendo allí.

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Largos y cortos. Los caminos son cortos y estrechos en Tierra de Campos. En Misiones, de un extremo a otro del pueblo, los hay de hasta 40 kilómetros.

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En Boadilla no nacen niños, en Santiago a docenas. Este año excepcionalmente nació una niña, Daniela. De los diez amiguitos que hay en la foto de arriba, solo los mellizos Anibal y Felipe viven todo el año en el pueblo. Por el contrario en Santiago hay docenas de ellos por las calles, cientos en las escuelas y en las canchas de fútbol. Los de la foto son de la escuela de fútbol Francisco Portillo.

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Preciosos paisajes. Dos pueblos a miles de kilómetrs, dos hemisferios, el austral y el boreal, dos estaciones diferentes. Primavera en el paisaje de Boadilla. Invierno en la estancia Tacuaty de Santiago.

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Disfrutar de la tierra. Paula Melero y Cristina Dalhbeck en dos lindos paisajes. La primera en un campo de girasoles en Boadilla. La segunda, entre espigas de trigo en una estancia de Misiones.

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Contraluces al atardecer. El atrevido peinado de José Antonio se recorta con las últimas luces del dia en Boadilla. A mi ahijado Jose Felix Baez, le pido que extienda su mano señalando la direccion de Santiago.

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Verano e invierno. En Boadilla hay muy poca gente y muy pocas cosas que hacer fuera de las cuatro paredes del hogar. Una de ellas, cuando llega el verano, es salir a la “fresca”. Siempre a primera hora de la mañana o a última hora de la tarde. En Santiago hay cientos de personas y muchos sitios donde pasar el rato. El invierno es muy suave y en los patios de las casas se reunen las familias y los amigos para compartir el tiempo, un asado y el tereré. Este último es el pasatiempo favorito de los santiagueños.

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La mujer de rojo y el chico de la guitarra. La de arriba, en Boadilla, es una foto que engaña. Parece que hay muchos árboles en el paisaje, pero no es así. Mercedes Díez, está paseando, rodeada por miles de pajaros, una tarde de niebla cerca de la estación de tren, uno de los pocos rincones donde aún quedan algunos corros de árboles. En la imagen inferior, Gustavo Quiñones está sentado en uno de los bancos de un pequeño parque que rodea la laguna de San Isidro. Un romántico lugar donde llevar la guitarra y componer canciones, su pasión favorita.

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No se han visto nunca. Esther Alonso Garcia, imagen superior, es una chica que está siempre dispuesta a echar una mano en el proyecto de rescatar a su pueblo del olvido a través del arte. Ignacia Mendoza Ovelar, foto inferior, asiste a la exposición Boadilla en la otra orilla y posa delante de la foto de Esther.

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Una torre y un peón. Dos sombras entre atardeceres y tendidos eléctricos, con el mismo apellido, Melero. El de la imagen de arriba se llama Luis, y es una buena torre por su estatura y por sus casi dos metros de humanidad. Es de los pocos que en su día decidieron quedarse a vivir en Boadilla y continuar con el negocio familiar. La agricultura y sobre todo la ganadería, le tienen atado las 24 horas de los 365 días del año. En la imagen inferior, el que sostiene una wampa y se pasea por las calles de Santiago se llama Javier, un peón que vive en una gran ciudad y al que le encantaría pisar menos asfalto y vivir más pegado a la tierra. Le da igual que ésta sea de secano, como la de Tierra de Campos, o empapada de humedad, como la de Misiones.

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Dos banderas peregrinas. Viajan de un lado al otro del océano, con ellas hemos inaugurado calles, han estado presente en la inauguración del mural de la Memoria Compartida instalado en Boadilla. Estuvieron en un lugar destacado cuando abrimos la remozada Galería de retratos en la Casa de la Cultura de Santiago. El suyo es un vaivén hermoso, que mantiene vivo un pequeño cordón umbilical entre dos continentes.

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Paisajes pintados. Hay un cuadro muy cotizado de un cotizado pintor holandés, Los girasoles. No quiero restar ningún mérito a la pintura, pero la imagen de Boadilla rodeada de girasoles también tiene su valor. Otra pintura excepcional es la isla de árboles de lapacho en medio de la estancia La soledad. Dos imágenes para sumergirse y recrearse largo tiempo en ellas.

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Media docena de crios. Solo en verano se ve a un grupo de niños, en pocas ocasiones son más de seis, jugando al frontón en la plaza o yendo y viniendo con sus bicis por las desérticas calles de Boadilla. En cambio, en Santiago, se ven a docenas de ellos jugando al balón en la gran plaza de armas o en los campos de entrenamiento de los dos clubs de fútbol. Mitaïs por todos los rincones.

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Idas y vueltas. Solo en primavera, algunos caminos en desuso se alfombran de verde. El resto del año casi todas las vías de Boadilla están llenas de polvo o impracticables por el barro cuando llueve. En Santiago los caminos están alfombrados de verde y algunos de tierra colorada se quedan clausurados porque es imposible transitar por ellos si no es a caballo.

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Verdes y pardos. Los colores de nuestros pueblos no coinciden más que cuando llega la primavera. Entonces, en Boadilla, todo el campo, y los pocos solares vacios de casas que hay, están completamente verdes. El resto del año los colores pardos inundan los cuatro puntos cardinales de Tierra de Campos. En cambio, en Santiago, con el clima tan lluvioso y húmedo que tienen, el paisaje siempre es de color esperanza, verde.

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En ambas orilla. El solido edificio de ladrillo fué construido hace casi un siglo, y se hizo para acercar a los viajeros hasta Boadilla. Hace más de 50 años que por allí no pasan trenes ni se bajan viajeros. Hace apenas un año que la vieja estación de trenes “viajó” hasta el corazón de America del sur. Lida Gimenez Marín ayudó en el montaje de la exposición Boadilla, Arte contra el olvido, en la Casa de la Cultura. Quién le iba a decir a la vieja estación lo lejos que llegaría un día.

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Tan cerca y tan lejos. Si trazamos una línea recta en un mapa, entre Boadilla y Santiago hay una distancia de más de 9000 kilómetros. Dos pueblos lejanos en lo físico pero muy cercanos en lo emocional.

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Fiestas patronales. Mañana es el día de la procesión a la ermita de Nuestra Señora del Amparo. Cada 7 de septiembre la patrona vuelve al pueblo en volandas, siempre son las mujeres quienes llevan la preciada talla. En Santiago, es el 25 de julio cuando ellos llevan en procesión a su patrón, una antigua talla de arte colonial. Antes lo hacian sobre los hombros, desde hace unos años lo llevan en una pick-up de la municipalidad

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Menos y más agua. En la imagen de arriba, el cauce del río Sequillo cuando llega el verano, el agua brilla por su ausencia, como cada año. En cambio, en las calles de Santiago, el brillo que ocasionan los innumerables charcos de agua hacen que parezcan espejos recien pulidos.

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Sky line al atardecer. En la imagen de arriba la del pueblo español y la del pueblo paraguayo en la imagen inferior. Boadilla / Santiago 1996-2016 

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Muchas luces, más sombras. En los lugares donde se vive en comunidad siempre hay ventajas y por contra también inconvenientes. Boadilla es un núcleo pequeño, todos se conocen, todos se enteran de todo. En Santiago viven más de siete mil personas en una vasta extensión de terreno. No todos se conocen, pero… nadie está a salvo de que se enteren de lo que haces. 

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Fuego y fiestas. Las fiestas y el fuego han ido asociadas a lo largo de la historia. En nuestros pueblos también. La foto de arriba está hecha en Boadilla, la noche del 7 al 8 de septiembre de 2016. Sobre todo son los niños los que saltan por encima de las hogueras. Alguno tiene que visitar al peluquero al día siguiente para que le arregle el cabello chamuscado. En Santiago hacen lucernas con una mecha y media naranja para iluminar la plaza. Todos colaboran en su elaboración y miles de ellas se consumen poco a poco la noche del santo patrón, cada 25 de julio.

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Paisajes para la fuga. Voy a Boadilla, el pueblo de mis raices, para fugarme de la realidad cada vez que lo necesito. Nada mejor que volver por allí y pasear por sus calles y por los caminos para desconectar de lo cotidiano. De vez en cuando hago un largo viaje de más de 24 horas (malditos aeropuertos y que aburridas escalas) hasta que llego a Santiago. El pueblo de mis amores. ¡Que suerte la mia, porque allí tengo unos cuantos!  

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Algunos menos, muchos más. En Boadilla la vida hace décadas que está en retirada. La escasa población está envejecida y no hay relevo generacional. En Santiago aún hay mujeres que se cargan de hijos a muy temprana edad. Hay relevo asegurado para los próximos dos siglos.

 

 

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 El mismo sol, a distintas horas. Los amaneceres (arriba el de Boadilla) y atardeceres (abajo el de Santiago) se suceden, dependiendo de la estación del año, a distintas horas. La diferencia horaria entre Boadilla y Santiago es de 4 horas en el invierno boreal y hasta 6 horas en el verano austral.

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Corta y bella. La de arriba es probablemente la calle más corta de todo el callejero de Boadilla. Allí estába ubicada la casa de mis abuelos Mariano y Juliana. Fué por ese motivo que pedimos permiso al Ayuntamiento para cambiar el nombre que tenía. El embajador Paraguayo por aquel entonces, nos hizo el honor de retirar la bandera y descubrir la placa con el nuevo nombre, Calle del río Paraguay, que es el río que discurre de norte a sur por el país que lleva su nombre. Bajo mi punto de vista, la calle del Río Sequillo es la más larga y bonita de cuantas hay en Santiago. El mismo día, y a miles de kilómetros la una de la otra, cambiaron sus nombres. Una calle muy corta para un río que tiene más de 2600 kilómetros de longitud. Y una calle muy larga para un escaso caudal de agua de apenas 123 kilómetros.

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Los boadillanos de farra y los santiagueños de fiesta. Del grupo de amigos de Boadilla, solo uno vive en el pueblo, Cásar, el tercero por la izquierda. Hasta dentro de unos días, porque este año “volará” a la capital para continuar sus estudios. Son los componentes de la peña Los Superbebientes y se lo pasan en grande cuando llegan las fiestas patronales. En la imagen de abajo, los 5 jinetes acaban de desfilar delante de la procesión el día del santo patrón. Casi todos Los Amigos, que así se llama el grupo, viven en Santiago. Ellos también tienen que emigrar para poder seguir estudiando.

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Los melgos de Paula Melero. Uno en un lado del charco, en Boadilla,  y el otro en la otra orilla en Santiago. Boadilla / Santiago 1996-2016

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No la quiere nadie. A_manda Cojones es lo que queda de una muñeca que encontró mi hija abandonada en un pueblo de Zaragoza. Se pasa la vida metida en una caja de cartón. Siempre que salgo no puedo evitar llevarla en mi equipaje. Quiero que vea mundo, porque recorrerlo no puede. Solo tiene cabeza. ¡y que cabeza!